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Bancos éticos: Dinero solidario.

El bien común se suma al beneficio puro y duro en los bancos éticos, que ganan apoyo entre los ciudadanos que comparten sus ideales.

Los empleos y salarios de miles de personas en el mundo dependen indirectamente de una campana, la que cada tarde a las cuatro en punto marca el cierre del Dow Jones, el índice de los principales valores de la bolsa neoyorquina. Casi dos billones de dólares viajan a diario de un continente a otro a velocidades de vértigo; la especulación puede hacer tambalearse a casi cualquier moneda y pocas plazas bursátiles están a salvo de una caída en picado. Sin embargo, la preocupación ciudadana por vivir en un planeta mejor está cada vez más presente en algo que, nos guste o no, define nuestras vidas: el dinero.

Lucro y solidaridad dejan de darse la espalda para hacerse complementarios, como explica Juan Pina, periodista español especializado en economía social: “Caminamos hacia una ética más acorde con la realidad, en la que el lucro deja de ser una especie de mal necesario vinculado al egoísmo, y la solidaridad una función exclusiva de los poderes públicos.

Junto a las tarjetas de crédito cuyas entidades emisoras y usuarios hacen llegar una cantidad fija o un porcentaje de las operaciones a la Cruz Roja, Greenpeace o Amnistía Internacional, en Europa, Japón o Canadá han surgido “bancos éticos”, aquéllos cuya rentabilidad se mide más en términos de utilidad social que de intereses financieros.

Básicamente, el mensaje que tratan de transmitir estas entidades es que, sin ningún esfuerzo suplementario, los ahorros, escasos o cuantiosos, que muchas personas depositan mensualmente en sus cuentas corrientes pueden también servir a sus ideales. Y ello sin abandonar las garantías que ofrece la banca clásica: solvencia, intereses, disponibilidad del dinero y rendimiento.

Los eslóganes de algunos de estos bancos son de lo más explícitos: “El más alto interés es el de todos”, dice un anuncio de la Banca Ética italiana. “¿Se contenta usted con cerrar los ojos sobre el modo en que su dinero es utilizado o prefiere poner en práctica sus principios?”, pregunta a sus clientes el Cooperative Bank del Reino Unido. “Nos regimos más por los valores que por el crecimiento económico y la eficacia”, reza un folleto del Citizen Bank japonés.

UN POCO DE HISTORIA

La finanza ética moderna tiene su origen en Estados Unidos en los años veinte. La Iglesia metodista, que hasta entonces veía la Bolsa como una oscura casa de apuestas, decidió comenzar a invertir en ella, pero quiso asegurarse de no hacerlo en empresas alcoholeras o implicadas en juego ilegal. Sin embargo, el auge de la inversión socialmente responsable no llegó hasta los años setenta. En plena guerra de Viet Nam, grupos de ciudadanos decidieron boicotear a la empresa fabricante del gas nápalm que, fumigado en la jungla vietnamita, causó graves deformaciones en las poblaciones afectadas. A partir de entonces, iglesias, fundaciones y universidades comenzaron a preguntarse sobre el destino de sus ahorros.

Hoy día, la ética está presente en productos bancarios muy diversos: desde los “fondos éticos” de inversión, que observan con lupa las empresas cuyas acciones compran, eliminando las que tienen actividades negativas o no aplican una política salarial o social correcta, hasta cuentas corrientes que ofrecen una tasa de interés algo inferior a la del mercado, pero se comprometen a invertir parte de esos beneficios en proyectos de cooperación o ayuda al desarrollo.

Asimismo, los operadores de la finanza ética son de naturaleza muy variada: algunos funcionan como otro banco cualquiera, con sus sucursales, sus cajeros automáticos y sus talonarios de cheques. Otros se asemejan más a mutuales o cooperativas de crédito, como la NEF (Nouvelle Economie Fraternelle) francesa, activa desde 1988 prestando fondos únicamente a proyectos de pedagogía, agricultura biológica o sanidad. Por último, signo de la era virtual en que vivimos, otros tienen su ámbito de acción sobre todo en el ciberespacio. Es el caso de la Banca Etica Universale de Italia, que abrió sus puertas en Padua hace poco más de un año y hoy cuenta con oficinas en Brescia, Milán, Roma, Florencia, y Módena. Su presidente, Fabio Salviato, se enorgullece de haber reunido 4,5 millones de dólares con los que financiar 250 proyectos dentro y fuera de Italia en tan corto espacio de tiempo. “Nuestro lema es la defensa de los pobres. En el Tercer Mundo, por supuesto, pero también en Italia, donde aproximadamente siete millones de personas viven por debajo de la línea de pobreza”, dice Salviato, cuyo banco se especializa en inversiones sociales repartidas en cuatro terrenos: la cooperación social —fundamental en un país como Italia, con más de 4.000 cooperativas de este tipo—, el voluntariado, el medio ambiente y la cooperación internacional: “Sobre todo financiamos a ONGs con proyectos de microcrédito en Albania o Macedonia. En Guatemala hemos colaborado en la constitución de una pequeña banca popular en la comunidad de Chajul, que produce café para vendérselo a empresas de comercio justo”, explica.
La remuneración que pagamos por los depósitos a plazo es la misma que la tasa de inflación italiana, que oscila actualmente entre 2% y 2,5% y el interés que damos por las cuentas corrientes es de 1%, algo inferior al del mercado. Pero los gastos de gestión de la cuenta son también más baratos que en los bancos convencionales.” Si ello es posible, se debe en buena parte a que detrás del nacimiento de la Banca Etica están miles de voluntarios de otras tantas asociaciones sin ánimo de lucro, pero con cuentas corrientes y necesidades de crédito.

Dos mil personas jurídicas y diez mil personas físicas tienen hoy ahorros en la Banca Etica. Uno de ellos, Loris Rinaldo, ingeniero medioambiental, explica así sus razones: “Creo firmemente que la economía controla el mundo mucho más que la política, y que los bancos son en buena medida responsables de las decisiones de por dónde ha de ir el desarrollo. No estoy de acuerdo con los bancos cuyas inversiones se guían únicamente por los criterios de ‘dar dinero a los que ya tienen dinero’ o ‘dar dinero a quienes les reportan más dinero’. Para mí, la regla justa sería dar dinero a los que hacen cosas buenas, aunque no forzosamente rentables. Por eso soy miembro de la Banca Etica.

La finanza ética, añade Rinaldo, “es una respuesta concreta a las críticas a nuestro sistema económico, centrado en el máximo beneficio. Es el inicio de una revolución, una verdadera revolución que parte de la base, de cada uno de nosotros, y demuestra que es posible construir una economía basada también en otros valores, en la solidaridad, la conservación del medio ambiente, la paz, el respeto a los marginados… en una palabra, una economía centrada en el hombre.

Claro está, no todo el mundo es tan entusiasta como él. En una lista electrónica de discusión sobre ética y economía abierta por el Citizens Bank de Canadá, se leen frases como “enhorabuena por su inteligente campaña de marketing (…) pero no me interesan las opiniones éticas de ninguna organización bancaria (…). Preferiría que se concentraran en dar un mejor servicio al cliente con un menor costo”.

Cabe también preguntarse si la finanza ética, que por un lado debe su existencia a una preocupación ciudadana por vivir en un planeta mejor, no es también parte de una campaña de imagen de la banca tradicional, ávida de captar a esa nueva clientela socialmente responsable. Guy Hooker, director de la Cooperativa de Inversión Etica (Ethical Investment Cooperative), del Reino Unido, estima que “la gente elige inversiones y bancos éticos porque, colectivamente, se ha dado cuenta del poder que tiene su dinero, aunque en muchos casos también porque obtiene un mejor servicio”. Para él, interviene además el hecho de que el público ve una relación directa entre su moral familiar y la política que defiende el banco.

CONCILIAR SENSIBILIDADES

Ahora bien, la noción de moral no es la misma para todos. A unos puede parecerles aberrante que su banco financie a empresas entre cuyas actividades figura la compra-venta de armas, aunque no encontrarán tan mal que preste fondos a compañías tabaqueras o a determinado partido político. Igualmente, habrá quien prefiera financiar proyectos de alfabetización antes que el salvamento de ballenas o el comercio justo de bananas. Conscientes de ello, algunas entidades, como Triodos Bank, nacida en los Países Bajos en 1980 con filiales hoy en Bélgica y el Reino Unido, ofrecen a sus clientes la posibilidad de dirigir sus inversiones a áreas muy específicas, como la agricultura orgánica o el desarrollo de la energía solar en los países del Sur. Thomas Steiner, de Triodos, explica la manera en que su banco trata de conciliar las diferentes sensibilidades: “Nuestras oficinas de Bélgica, Países Bajos y el Reino Unido no funcionan como un Mc Donald’s, que es exactamente igual en todos los países. Nuestra filial belga tiene cierto sabor belga, pone el acento en la economía social, mientras que en el Reino Unido nos centramos más en ayudar a las organizaciones caritativas y nuestra máxima preocupación en los Países Bajos es el medio ambiente”, dice.

Además, a la hora de otorgar créditos o elegir las compañías destinatarias de sus fondos, el banco neerlandés aplica ciertas normas muy estrictas: “Como cualquier otro banco, damos préstamos. Los criterios que utilizamos para otorgarlos o no son ‘positivos’; quienes nos piden dinero tienen que pertenecer a los campos en los que actuamos: naturaleza, economía social, organizaciones sin ánimo de lucro, cultura y cooperación para el desarrollo. Sólo prestamos dinero a proyectos que cumplen estos criterios positivos. Por otro lado, tenemos fondos de inversión. Invertimos el dinero que nuestros clientes nos confían en el mercado de valores, a través de criterios que llamamos ‘negativos’. Sólo invertimos en empresas que no tienen ninguna relación con la energía nuclear, las armas o el tabaco.” Tras veinte años de existencia, Triodos Bank cuenta con una cartera de 40.000 ahorristas y 4.000 accionistas.

UN AFÁN DE TRANSPARENCIA

Otro de los puntos por los que apuestan claramente los bancos éticos es la transparencia, visible incluso en la Banque Alternative Suisse (BAS) que, en un país que protege por ley el secreto bancario, publica anualmente los nombres de las personas y empresas a quienes otorga préstamos, así como las cantidades prestadas. El Citizens Bank, propiedad de la Vancouver City Savings Credit Union, la mayor entidad de crédito de Canadá, va un paso más allá: su programa de donaciones a la comunidad, Shared Interest Program (programa de interés compartido), invita a los clientes a nombrar grupos que estiman aptos para recibir una parte del fondo. Una vez recibidas, las sugerencias se clasifican en cuatro grupos, según el área a la que se refieran. De nuevo se invita a los clientes a votar al grupo que merece el 50% del capital, cuál el 25, cuál el 15 y cuál el 10, y los fondos se otorgan en virtud de este plebiscito.

En 1999, por ejemplo, los clientes de Citizens Bank decidieron donar 17.700 dólares a la Organización Católica Canadiense para el Desarrollo y la Paz (DEVP), que lucha contra la pobreza y la injusticia en el mundo a través de sus filiales en 50 países. El segundo clasificado, Frontier College, una agrupación de universitarios voluntarios muy activa en el campo de la alfabetización, recibió ese mismo año casi 9.000 dólares. “Todo este proceso incluye la asesoría externa de un comité formado por líderes de ONGs, clientes y personal del banco”, explica Gillian Dusting, responsable de relaciones públicas de la entidad. Asimismo, Citizens Bank se compromete a responder en 24 horas a todas las dudas sobre su ideario ético que recibe por correo electrónico y su página web contiene un foro de discusión sobre la finanza ética. Al cabo de tres años de operaciones, el banco canadiense reunió depósitos por valor de más de 680 millones de dólares y sus beneficios de 1998 antes de impuestos rondaron los tres millones de dólares.

CRÉDITO Y BANCA ÉTICA

El peso de la banca ética en el panorama económico mundial es todavía pequeño, aunque aumenta año tras año. Según cifras publicadas por el Servicio de Investigación sobre Finanza Etica (Eiris), desde enero de 1999 a enero de 2000 la cantidad total invertida en fondos éticos en el Reino Unido pasó de 3.300 a 4.100 millones de dólares. La OCDE,1 por su parte, reconoce que aunque los bancos éticos “han tenido un relativo éxito, están todavía lejos de cambiar las actitudes de las instituciones bancarias convencionales”. Para la Organización, su principal interés reside en que dan a las empresas sociales “otra respuesta al problema del acceso al crédito”. David Perry, director del centro Markkula de Etica Aplicada de la universidad californiana de Santa Clara, destaca precisamente que “este tipo de bancos son para algunas personas la única manera de obtener préstamos, sobre todo si no tienen un historial crediticio ni grandes avalistas. Además, a menudo combinan los préstamos con programas de capacitación en empresas que pueden ser de gran ayuda para gente que no conoce el mundo del comercio.”

En cuanto a la evolución futura, para Giovanni Acquatti, presidente de la cooperativa financiera milanesa MAG 2 e impulsor desde hace veinte años de la finanza ética en Italia, ésta “dependerá menos de la implicación de los poderes públicos como el Banco Mundial o la Comisión Europea que de la fuerza, el coraje y los recursos que empleemos en convencer personalmente a la gente de que debe actuar de otra forma. Hay que trabajar mucho, sin perder la esperanza. Y yo no la pierdo”.

Lucía Iglesias Kuntz.

Fuente: El ciudadano.

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