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El Derecho al Crédito.

El día 24 de septiembre de 2011 participé en una jornada, organizada por Fiare de Castilla y León, sobre el derecho al crédito. Desde el principio nos sumergimos en un baño de realismo, dejando claro que la economía social y la banca ética no son la alternativa al capitalismo, sino pequeñas semillas para ir construyendo un cambio social. A partir de ese realismo, se enfocó el derecho al crédito con un método de análisis crítico. En la reflexión, el primer elemento crítico que se nos propuso fue la necesidad de atender a la iniciativa y al contenido cuando se habla de créditos. Existe una iniciativa liberal, la que parte del libre mercado, que, cuando piensa en créditos, siempre lo hace para asegurar clientes a la banca, aunque haya que enmascarar la propaganda con ropajes verdes, pacifistas u obreristas. Hay otra iniciativa, la que forma ese complejo mundo del microcrédito, que concibe el crédito como un elemento reparador de la desigualdad en el acceso a las oportunidades. El uso de este sistema consigue insertar en el sistema bancario a quienes antes no estaban allí, pero a costa de perpetuar indefinidamente la dependencia del crédito, o sea, a costa del endeudamiento. Hay una tercera forma de iniciativa crediticia, que es transformadora, la que concibe el crédito como una herramienta política para el cambio social. Aquí se inserta la banca ética y, si bien hay distintas formas de banca ética, el criterio más clarificador para diferenciarlas de otras formas bancarias, así como a las distintas bancas éticas entre sí, es precisamente el crédito. Qué personas y qué proyectos reciben los créditos es el baremo de la banca ética.

Hay que partir, por lo tanto, al hablar del crédito, de la legitimidad que revisten aquellos que tienen la iniciativa. La legitimidad social, por ejemplo, es distinta cunado el origen del crédito es un banco controlado por grandes propietarios de dinero y guiados por el afán de lucro, que cuando el origen es el asociacionismo solidario guiado por valores entre los que se incluye el afán de lucro. Hay que observar también la legitimidad ética. Por ejemplo, tenemos que pensar qué no está exigiendo la doctrina económica del decrecimiento a la hora de pensar en el crédito. Y nos está diciendo que la multiplicación del patrimonio gasta el infinito, como desea la codicia financiera, no es posible, que la naturaleza está al límite y que seguir pensando en la remuneración máxima del capital, además de imposible por los propios límites naturales, es una barbaridad ética.

Se trata de hablar del derecho al crédito, que se halla en la frontera de los derechos emergentes. Y si lo reclamamos ya como un derecho, ha de ser porque existen unos bienes a proteger y unos retos éticos que cumplir. Los bienes a proteger no pueden ser las necesidades básicas, porque esa es una obligación de los Estados. La alimentación, la salud, la enseñanza, la vivienda, la protección de la infancia, de la vejez o de la dependencia son obligaciones de las Administraciones Públicas, que no pueden ser objeto del crédito. Éste ha de cumplir la función que, según el proverbio atribuido a los chinos, cumple la caña respecto a los peces para la alimentación; es decir, el crédito en tanto que derecho ha de ser entendido no como un instrumento para el asistencialismo, sino para la emancipación personal y la transformación social. Si nos fijamos en las demandas éticas del crédito, para ser reconocido como derecho, es evidente que hay que descartar el afán de lucro y no sólo los malos usos tradicionales del dinero que se invierte en armas o en la destrucción de la naturaleza. En este momento, hay fondos de inversión destinados a financiar los microcréditos, lo que constituye una prueba perfecta de la ambigüedad y de las limitaciones éticas de ese instrumento financiero.

Cuando Fiare-CyL organizó la jornada del 24 de septiembre, lo hizo con la vista puesta en la Cumbre del Microcrédito, que nos amenaza en Valladolid. A este respecto, hay alguna cosa que ya está clara:

– El crédito, sea pequeño o grande, puede ser esclavizador o liberador. Eso depende de la iniciativa de la que proceda y de los objetivos que persiga; es decir, depende de que sea ético o no.

– En lo poco que se ha evaluado al microcrédito hasta ahora, sí sabemos:

  • Que no es de fiar, por el origen de la iniciativa, dominantemente bancaria y gubernamental.
  • Que genera dependencia financiera en las personas que lo utilizan, provocando un endeudamiento sin fin.
  • Que prolonga los males del capitalismo financiero, transparentados mejor que nunca con la crisis actual, al guiarse por el afán de lucro. Debe saberse que los tipos de interés del microcrédito oscilan entre el 20 y el 80 por ciento.
  • Que desoye los principios básicos de la equidad social y de la protección de la naturaleza.

Además, el recurso ideológico al concepto de microcrédito, enmascarando la realidad como si se tratase del bien universal que salvará al mundo de la pobreza, está sirviendo ya a los gobiernos de los países ricos para ir dejando a un lado su compromiso en la lucha contra la pobreza, abandonando la aportación del 0,7 por 100 de su riqueza para combatir la desigualdad, como tienen comprometido ante las Naciones Unidas.

Por eso, Fiare-CyL y las asociaciones de cooperación desligadas de gobiernos, de empresas y de grupos de presión ideológicos o de otro tipo, han dicho a banqueros y gobernantes que no usen su rostro solidario para defender las ideas y las prácticas del capitalismo financiero global. De manera que, más que nunca, podemos afirmar que esta cumbre no es nuestra cumbre.

Marcelino Flórez.

Fuente: marcelinoflorez.

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