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SOBERANÍA CONSUMIDORA. MÁS ALLÁ DEL CONSUMO RESPONSABLE.

En economía, el consumidor siempre ha sido tratado con respeto y cariño pues no en vano Él es la razón de ser del mercado, la causa por la que se producen bienes y servicios (para satisfacer sus necesidades) y el oscuro objeto de deseo de marcas y anuncios que compiten por su voluntad, su fidelidad y su bolsillo.

Cuando uno busca en los manuales y diccionarios económicos la definición de soberanía del consumidor, suelen aparecer términos tales como “característica de un sistema de libre mercado donde los consumidores, a través de la demanda que generan, orientan la producción y las inversiones de las empresas”; “idea según la cual los consumidores deciden en última instancia lo que se deberá producir (no), mediante el acto mismo de escoger lo que habrá de comprarse (y lo que no)”; “determinación por parte de los consumidores de los tipos y las cantidades de bienes y servicios que producirán con los recursos escasos de la economía”, etc. En definitiva, parece que se está hablando de un empoderamiento del consumidor que se convertiría así en el indiscutible gestor del mercado, ya que decide lo que se produce, cuánto y, a nuestro entender, también debería tomar parte del cómo se produce.
Sin embargo, esta omnipotente característica de un soberano que con sus preferencias guía la economía no es del todo cierta, ni defendible en muchas de sus manifestaciones. Primero, porque en un mundo competitivo, atomizado, globalizado y basado en el consumo desaforado, el truco es hacer creer al consumidor que es libre de elegir lo que quiera, siempre que quiera lo que se le ofrece. Haciendo un pequeño juego de palabras en paralelo con el Despotismo Ilustrado del siglo XVIII, en el cual los monarcas absolutos usaban su autoridad para introducir reformas en la estructura política y social de sus países, parecemos estar asistiendo actualmente a un Capitalismo Ilustrado: “todo para el consumidor, pero sin el consumidor”.

En segundo lugar, no es cierta ni defendible porque ese consumidor, que supuestamente es sujeto de derechos y deberes, no puede (a veces ni quiere) ejercerlos. La estrategia comunitaria en materia de política de los consumidores 2007-2013 se ha fijado como objetivo que para el 2013 cada ciudadano sea libre de comprar en cualquier rincón de Europa. En términos legales, la cobertura es perfecta: teóricamente, cualquier ciudadano europeo tiene el derecho a comprar sólo lo que quiera verdaderamente comprar. En la práctica, esto no es así. Los derechos del consumidor son mayoritariamente desconocidos y lejanos para el ciudadano y están redactados en su totalidad pensando en el consumidor individual. Proteger su seguridad, su salud y sus intereses económicos; promover la información y la educación de consumidores y usuarios para que elijan con libertad plena (pero que no se olviden de elegir), etc. En cuanto a deberes, la cosa es más sencilla: el único deber del consumidor parece ser ir a la compra, pagar. En muy pocas ocasiones se hace referencia al deber de todo consumidor de estar informado de cómo se ha producido lo que está comprando, bajo qué condiciones sociales y medioambientales. Anecdóticamente, se plantea el deber de reducir el consumo que tenemos los habitantes del Norte para respetar al Planeta y su sostenibilidad.

Precisamente, es a esta primacía del consumidor individual dueño y señor del mercado a lo que querría contraponer un nuevo concepto: la Soberanía Consumidora. Si la Soberanía Alimentaria es el derecho de los pueblos a controlar sus políticas agrícolas y alimentarias, el derecho a decidir qué cultivar, qué comer y cómo comercializar, a producir localmente respetando el territorio, a tener en nuestras manos el control de los recursos naturales (el agua, las semillas, la tierra…), la Soberanía Consumidora debería entenderse como el derecho de los pueblos y las personas a decidir colectiva y responsablemente qué quieren consumir, por qué y para qué. El mecanismo de mercado debería entonces funcionar como una nueva forma de participación política en la que los consumidores pasemos de aceptar la racionalidad y el utilitarismo como los criterios de comportamiento fundamentales en la toma de decisiones a criterios de transformación global que pongan a las personas, sus tierras y sus relaciones en el centro de la decisión.

La persona con un comportamiento responsable de consumo pone su acento, fundamentalmente, en su bienestar moral. Se trata de solucionar situaciones muy claras de disonancia entre lo que se espera de una persona y lo que realmente le apetece. Quizás esto pueda explicarse, una vez más, a través de la coherencia entre lo que uno piensa y como actúa. No es sino desde los valores y creencias firmemente asentados en un individuo desde donde se pueden plantear modelos de consumo y estilos de vida acordes con sus ideas y que no le provoquen infelicidad. Así, el consumo sería la expresión más acabada de la democracia económica y de la autonomía personal, ya que el consumidor vota con cada compra. Una“consumocracia” bien entendida, participativa, que no meramente representativa, que nos haga protagonistas como compradores de las decisiones que tomamos, con información veraz y accesible, para que con nuestros actos favorezcamos lo que creemos justo (limpio, responsable) y reprobemos lo que no lo es.

Sin embargo, esta democracia del consumidor no es justa porque no es universalizable, no alcanza a todos por existir grupos que no tienen capacidad adquisitiva y quienes sí la tienen, carecen de información suficiente para realizar “votaciones”realmente libres. Es pues necesario considerar el consumo una expresión colectiva y organizada para generar un cambio en los patrones de consumo, ya sean de carácter positivo o negativo, como en los casos de boicot. Soberanía consumidora implica la reivindicación de una libertad consciente de elección por encima del bienestar individual, en aras de un mundo más sostenible y justo.

Este tipo de reflexiones, llevadas quizás a un extremo alternativo y radical, son las que determinados grupos y colectivos realizan sobre la felicidad que proporciona la austeridad, o la tradicional reflexión sobre las nuevas formas de producción y consumo que desde el último tercio del siglo XX han ido concentrando cada vez más poder en las marcas de las multinacionales a lo largo de un mundo perfectamente organizado para ello (Klein, 2001). El libro de esta autora No logo se ha convertido en todo un manifiesto de los movimientos anticonsumo y por otra globalización. Cambiar la cultura de consumo implica una verdadera revolución en muchos ámbitos: social, económico, político, moral, cultural, intelectual o espiritual… Se trata, en definitiva, de crear un nuevo modelo que no admita más la existencia de desigualdades sociales y parta de la organización de otra forma de economía y consumo.

Decálogo para un Mundo Responsable, Plural y Solidario

La Alianza para un Mundo Responsable, Plural y Solidario, iniciativa de la fundación Charles Léopold Mayer, propuso para ello un decálogo, construido a través de la propuesta y discusión entre expertos en el tema y que de alguna forma recoge, resume y concreta el espíritu de lo que se ha querido decir en este capítulo. Para ello es necesario, como de hecho se está haciendo con iniciativas como las de este Dossier, abrir y traer a la agenda pública el debate sobre las consecuencias ecológicas y humanas de los estándares de consumo actuales, estimulando la toma de conciencia sobre la urgencia del cambio.

  • Promover el paradigma del consumo responsable y consciente. Estimular el debate sobre las consecuencias ecológicas y humanas de los estándares de consumo, a nivel local, nacional y global, en el sentido de construir estándares individuales y colectivos que no sean perjudiciales para el ambiente colectivo, para las generaciones futuras ni para la atención democrática de las necesidades humanas. O sea, que fortalezcan la equidad, la sustentabilidad y la calidad de vida.
  • Estimular la ruptura con el paradigma que asocia consumismo y realización humana. Estimular la ruptura con el paradigma que asocia consumismo y realización humana. Valorar formas de satisfacer las necesidades para un ‘buen vivir’ que no sean adquiridas de forma mercantil, sino por la convivencia social, el intercambio afectivo y la identidad cultural. Cuestionar el consumismo en su carácter de una necesidad del sistema productivo en la era del capitalismo de masas, y no un instrumento para la realización humana. Romper la ecuación consumo=felicidad, valorando y proponiendo otras formas de satisfacer las necesidades no adquiridas en los circuitos habituales, sino mediante la convivencia, el intercambio afectivo y el trueque.
  • Promover el control democrático sobre la industria de la publicidad. Crear organismos de regulación del mensaje publicitario, con fuerte representación de la sociedad civil organizada, que cohíban la mentira, la manipulación de datos y la fabricación artificial de necesidades. Denunciar los sutiles mecanismos psicológicos utilizados por la industria de la publicidad para moldear deseos y carencias en función de los intereses del capital. Denunciar los sutiles mecanismos utilizados por el marketing y la publicidad para moldear deseos y carencias y presentarse como “la mejor solución”, especialmente cuando usan y abusan de los sentimientos solidarios y generosos de las personas para conseguir sus fines.
  • Aumentar la transparencia y la honestidad de las informaciones al consumidor. Crear centros de debate e información, ampliamente abiertos para la opinión pública, que suministren indicadores y datos sobre la calidad de los productos y los impactos ecológicos y sociales de su producción. Democratizar los procesos de elaboración de precios y costos de los productos y servicios, permitiendo la intervención del consumidor en la construcción de precios justos.
  • Fortalecer la acción del poder público en la promoción del consumo sustentable. Estimular la acción de gobiernos democráticos para que sean importantes aliados, sin centralizar las decisiones, en la regulación del sector privado y en la atención de las necesidades básicas de la población. Estimular la implementación y el cumplimento de leyes que garanticen los derechos de los consumidores y adopten el principio de precaución en la liberación de productos y servicios potencialmente perjudiciales al bienestar colectivo. Establecer políticas fiscales / tributarias que estimulen la economía solidaria e impongan tributos a los sistemas de producción que favorezcan el desperdicio, la contaminación o la separación social.
  • Fortalecer el consumo ético en la producción de la infraestructura social. Sensibilizar e informar legisladores, políticos y funcionarios públicos en general sobre las prácticas de consumo ético, reduciendo el consumo de agua, papel y energía, modificando las leyes de licitación para privilegiar criterios sociales y ecológicos, planeando e implementando formas alternativas de transporte y energía utilizando tecnologías sustentables.
  • Fortalecer la acción social contra bienes de consumo que promuevan la injusticia y la insustentabilidad. Crear una red de informaciones y un movimiento efectivo para promover campañas y acciones públicas denunciando empresas que explotan a los trabajadores o perjudican el medio ambiente, desarrollando y fortaleciendo redes internacionales de consumidores solidarios destinadas a acompañar y colaborar en la articulación de los movimientos nacionales y locales por el consumo ético. Organizar el boicot colectivo a productos generados en relaciones de explotación del ser humano, de los animales y de la naturaleza, y también a productos y servicios de países que fomenten guerras o donde haya falta de respeto por el ser humano y por el medio ambiente, aunque esos productos sean más baratos.
  • Fortalecer la acción social a favor de bienes de consumo beneficiosos y sustentables. Difundir los beneficios de la opción individual y colectiva por productos ecológicamente correctos (con tecnologías no contaminantes, envases mínimos y reciclables, consumo mínimo de energía, etc.) y socialmente justos (productos que sean generados por iniciativas de producción locales fundadas en la autonomía, en la cooperación, en la correcta distribución de la renta y en la promoción de una vida digna para los trabajadores.)
  • Promover la atención cada vez mayor de las necesidades sociales de consumo a través de la economía solidaria. Sistematizar y difundir informaciones actualizadas sobre las iniciativas solidarias existentes, en el sentido de potenciar opciones éticas, facilitar cambios y reestructurar de forma complementaria y solidaria las cadenas productivas a partir del consumo. Crear puntos de venta minoristas y canales de distribución que maximicen la relación directa entre productor y consumidor, auxiliando el establecimiento de ricas relaciones culturales y sociales que van más allá del mero intercambio mercantil. Establecer políticas fiscales que favorezcan las iniciativas de la economía solidaria y que penalicen los sistemas de producción que favorezcan el desperdicio, la contaminación o la separación social.
  • Estimular una cultura del consumo ético. Movilizar y sensibilizar sobre el consumo ético a través de la educación (para estimular la formación de mentalidades críticas y para la defensa de una ética que respete y asuma responsabilidad delante del otro) y de la información (para permitir la opción, la elección, el poder del consumidor, descubriendo las relaciones de explotación inherentes a las mercancías en venta), para discutir la articulación entre las relaciones que establecemos en nuestro trabajo y nuestras vidas y las relaciones de explotación que rigen los productos que consumimos. Insertar en los currículos del sistema educativo formal, en los cursos de formación de profesores y en los cursos de capacitación profesional, una reflexión crítica sobre la economía, la propaganda y el consumo.
  • Estimular la formación de actores sociales comprometidos con el consumo ético. Insertar el consumo ético como orden del día en reuniones de sindicatos y movimientos sociales, puesto que son también consumidores, estimulando la formación, actuación, fortalecimiento y ampliación de asociaciones de consumidores, trabajadores y redes de colaboración solidaria. Valorar la familia y especialmente la mujer como importante agente en la formación de ciudadanos que practiquen un consumo social y ecológicamente responsable. Movilizar y sensibilizar sobre el consumo a través de una apuesta decidida por la educación para el consumo transformador.

Con esta propuesta de alguna forma se pretende marcar toda una línea de trabajo, tanto individual como social, para tratar de hacer del consumo responsable no sólo una práctica de comportamiento de compra, sino todo un estilo de vida, donde se recogen aspectos políticos, educativos, de participación ciudadana, etc., a la vez que se intentan dar pautas para las conductas cotidianas.

Carlos Ballesteros.

Fuente: Coop57.

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