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Banca ética o la otra forma de hacer banca (2).

Un eje importante de la acción bancaria tradicional es dedicar el dinero a actividades especulativas, alejadas de la economía productiva. Vivimos en un mundo desdoblado, donde lo real se confunde con lo irreal y, demasiadas veces, nos hace interpretar lo real desde lo irreal. Hay gente que vive con amigos de Facebook pero ignora a sus vecinos. La economía ha entrado en este desdoblamiento y se ha especializado en mecanismos especulativos elaborando productos opacos. De estos dos aspectos se habla extensamente en el Dossier citado de Economistas sin Fronteras (1).

Es necesario hacer notar la importancia de este desdoblamiento, pues actúa como motor de la crisis que vivimos la hiper-especulación, unida al voraz deseo de enriquecimiento inmediato. Alain Touraine, señala en su libro “Después de la crisis” que “las crisis económicas recientes nacen generalmente de una separación creciente de la economía financiera, que, a menudo, está contaminada por la voluntad de enriquecimiento personal de los dirigentes, y de la economía real, que no es definible al margen de los conflictos sociales y de las intervenciones del Estado”. Por ello, piensa A. Touraine, el que desea un rápido enriquecimiento personal, se desplaza al nivel de la especulación, donde no existen esos conflictos sociales y se pide al Estado la no intervención dejando actuar al mercado. Sucede así, sigue diciendo A. Touraine, que “no solo se separa la economía financiera de la economía real, sino que la vida económica, en su conjunto, se separa de la sociedad, lo que amenaza con destruir las instituciones donde se construyen las normas y los modos de las negociaciones sociales”.

Me atrevo a pensar que este factor corrosivo de la vida social está en el corazón de los desgarros sociales de las hipotecas, los desahucios y sus terribles consecuencias que conducen a situaciones depresivas y, en ya demasiados casos, a suicidios por lo irresistible de la situación. Hay como una pared que impide a los bancos flexibilizar posiciones ante el conflicto social, quedando como los causantes de la crisis y, a la vez, los beneficiados. Lo que genera un profundo rechazo social. La pared refleja una gran distancia con la sociedad.

El político estadounidense Thomas Jefferson (1743-1826) pensaba “que las instituciones bancarias son más peligrosas, para nuestras libertades, que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos, y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron”.

Hay que reconocer que algo de esto nos recuerda a España.

Joseph E. Stiglitz, en su libro reciente, titulado “El precio de la desigualdad”, señala que “la forma de búsqueda de rentas más atroz –y que se ha perfeccionado muchísimo en los últimos años – ha sido la capacidad de los responsables del sector financiero de aprovecharse de los pobres y de la gente desinformada, ya que han ganado ingentes sumas de dinero depredando a esos grupos con créditos usurarios y prácticas abusivas con las tarjetas de crédito. Puede que cada persona pobre tenga muy poco, pero hay tantos pobres que quitarle un poco a cada uno de ellos supone mucho dinero. Un mínimo sentido de la justicia social – o una mínima preocupación por la eficacia general – debería haber inducido al gobierno a prohibir este tipo de actividades. Al fin y al cabo, se estaba utilizando una considerable cantidad de recursos para trasladar el dinero desde los bolsillos de los pobres a los de los ricos, razón por la cual estamos ante un juego de suma negativa. Pero el gobierno no puso fin a estas actividades, ni siquiera cuando, hacia 2007, resultaba cada vez más evidente lo que estaba ocurriendo. El motivo era obvio. El sector financiero había invertido mucho dinero en hacer lobby y en contribuciones a las campañas electorales, y esas inversiones habían dado sus frutos”.

Krugman, en su libro “Acabad ya con esta crisis”, cuenta que los 25 administradores de los fondos de cobertura mejor pagados en EE.UU. ganaron más que los 80.000 maestros de Nueva York. “Porque los verdaderos beneficios no han ido a parar a trabajadores con estudios universitarios en general, sino a un puñado de personas muy adineradas. Es habitual que un profesor de instituto tenga una licenciatura y, muchos, un post-grado; pero no han vivido, por decirlo suavemente, el tipo de incremento de ingresos que sí han conocido los administradores de fondos de cobertura”. Y no es una anécdota, afirma Krugman, esta acumulación desorbitada de poder económico pues se suele concretar en presiones políticas para que los Gobiernos actúen según sus intereses. Es más, “cuando los especuladores sin escrúpulos han hecho ganar dinero a los inversores, en varios casos importantes no lo hicieron generando valor para la sociedad en su conjunto, sino, al contrario, expropiando, de hecho, valor a otros actores. Donde esto es más obvio es en las malas prácticas bancarias. En la década de 1980, los dueños de las sociedades de ahorro y crédito inmobiliario obtuvieron grandes beneficios asumiendo grandes riesgos; y luego dejaron la factura a los contribuyentes. Y en la década de 2000, los banqueros volvieron a hacer lo mismo: consiguieron fortunas enormes mediante préstamos inmobiliarios inadecuados y luego o bien se los vendieron a inversores incautos, o bien se beneficiaron del rescate gubernamental cuando estalló la crisis… Parte de la explicación puede encontrase en la desregulación financiera”.

En ese mismo libro, Krugman traslada una cita del escritor americano Upton Singlair que dice que “es difícil que un hombre comprenda algo cuando su salario depende de que no lo comprenda”. Lo que apunta a la dificultad de que el cambio venga desde dentro de un sector que se ha mostrado voraz en el enriquecimiento personal de sus directivos y gestores.

Joaquín Estefanía (EL PAÍS, 28.10.12) piensa que “habitualmente, las responsabilidades (de la banca) se han saldado siguiendo un itinerario conocido: 1) cuando son acusados, los bancos amenazan con una batalla jurídica interminable (tienen brigadas de bufetes de abogados trabajando para ellos); 2)se llega a un compromiso y los bancos pagan una multa sin admitir ni negar su responsabilidad; 3)prometen no volver a las andadas, pero nada más prometerlo se dedican a conductas parecidas; 4)una vez más se llevan una regañina y una multa (cuyo coste es reducido en relación con su conducta fraudulenta), y 5) los incentivos perversos permanecen… Los bancos saben que la mayoría de las víctimas de sus desmanes (que son los perjudicados) no tienen los recursos legales suficientes – ni el tiempo – para enfrentarse a la todopoderosa industria financiera sin ayudas… El economista Joseph Stiglitz… dice que una variante de la defensa de los bancos es la máxima caveat emptor, que dice: nadie debería fiarse de nosotros y quienquiera que lo haga es un estúpido”. Es el poder efectivo de las instituciones financieras.

Es necesario replantear los valores en la economía y, especialmente, en el sector financiero y bancario. La política económica ha de estar al servicio de la política social, decía hace años J. Delors, y la racionalidad del mercado ha de tener prioridad sobre la irracionalidad de sus actores, que han arrasado el modelo social. Se trata, como dice Tourain, de volver a tomar en consideración los objetivos no económicos del sistema económico. Lo que solo será posible si es la sociedad la que conforma a la economía y no al revés. Piensa Tourain que “si podemos hablar de la sustitución de los actores sociales por actores morales es en la confianza de que surja una sociedad donde el poder dominante de los financieros esté limitado por el poder de iniciativa de los dirigentes industriales y, a la vez, por aquellos que se oponen a una lógica inhumana de la economía globalizada y por las intervenciones de los Estados, preocupados por frenar la irracionalidad de las maniobras especulativas y el incremento de las desigualdades sociales y el paro”. Un ejemplo de esta tarea de los Gobiernos podría ser la afirmación del Ministro de Finanzas de Chipre: “no aceptaremos en ningún caso pérdidas para los ahorradores”; lo dice en caso de que tengan un rescate, que parece que lo van a tener. Ojalá haga verdad eso que dice y, ojalá, dijera eso mismo nuestro Gobierno.

Es en este espacio reservado a los actores morales donde se sitúa la banca ética. No entra ni trabaja en el esquema donde ha aterrizado el sistema bancario tradicional. Por eso es otra forma de hacer banca. Se apega a la realidad social, provoca desarrollo local y traslada información transparente de lo que se hace con el dinero de los ahorradores, no camina por los senderos de la especulación y aporta ayuda financiera a la construcción de una sociedad más cohesionada y equitativa. Especialmente si, como en Fiare -los socios se organizan en cooperativa- participan en las decisiones nucleares de la empresa mediante las asambleas y se insertan en el territorio a través de su estructura organizativa, basada en circunscripciones territoriales. No cae la banca ética en lo que el poeta latino, Quinto Horacio Flaco, decía: “Consigue dinero ante todo, la virtud vendrá después”.


(1) Lo planteado en este artículo está recogido y profundizado en un Dossier de Economistas sin Fronteras sobre banca ética.

Marcos de Castro Sanz

Fuente: Nueva Tribuna.

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